Dom XXIX del T.O. Dame Señor lo que necesito
Toda persona lleva en sí un deseo infinito de justicia; no es casualidad que el pensamiento cristiano considere la justicia la gran virtud moral necesaria para vivir una vida orientada al bien.
La súplica de la viuda en el Evangelio es la de toda persona que pide justicia. A la frase «Hazme justicia», le sigue una réplica de Jesús: «Escuchen lo que dice el juez injusto». Al hacerlo, el Señor destaca las dos realidades diferentes que mueven al «juez» y a «Dios» a administrar justicia a esta viuda. Mientras que al juez le mueve la constante molestia, a Dios le conmueve el grito de sus elegidos, que claman.
¿Qué es, entonces, la justicia de Dios? Es, ante todo, aquella que proviene de la gracia, donde no es el hombre quien se repara o sana a sí mismo y a los demás.
Aquí está la clave para comprender toda la liturgia de este domingo: la oración continua, que brota de una fe firme y que se convierte en el canal a través del cual Dios actúa para impartir justicia a sus hijos.
El apóstol Pablo, en su primera carta a los Tesalonicenses, ya había exhortado a los cristianos: «Estad siempre alegres, orad sin cesar, dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús: no apagueis el Espíritu». Quienes son capaces de orar siempre, sin rendirse jamás, dan testimonio de la experiencia de la fe vivida como un abandono confiado a la acción divina en sus vidas.
Quienes eligen reservar momentos privilegiados y espacios adecuados para la oración individual en sus actividades diarias fortalecen su fe en Dios Padre, unido al Hijo, en el Espíritu Santo.
La oración diaria y personal es una experiencia de abandono confiado a la acción divina en nuestras vidas, al reconocer la pobreza radical de nuestra condición física, psicológica, espiritual y moral, y la necesidad del Espíritu Santo nos abrimos a la justicia que Dios otorga a sus hijos.
Quienes oran constantemente y son constantes, acogen y saben que la respuesta de Dios a su fidelidad no siempre corresponde a sus expectativas. Es una falla persistir en la oración, pidiendo exactamente lo que deseamos, incluso si se trata de una petición de sanación, liberación o la solución a un problema que nos aflige. Aprendamos a pedir al Padre que actúe como Él quiere en nuestras vidas, a través del Hijo y con el poder liberador, unificador y santificador del Espíritu Santo.
Sin la gracia que fluye de la oración y la escucha de la Palabra, la justicia de Dios no solo no puede comprenderse, sino que, como suele ocurrir, puede incluso malinterpretarse.
Por lo tanto, los cristianos debemos seguir fielmente la exhortación de Pablo: predica la Palabra, persevera a tiempo y fuera de tiempo, amonesta, reprende, exhorta, ten mucha paciencia y enseña.

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