DOM XIX del T.O. Ojo, vigilantes
El Evangelio según San Lucas, de este domingo, nos presenta un mensaje profundamente reconfortante y desafiante a la vez. Jesús comienza diciendo: “No temáis, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino”. Estas palabras resuenan con una promesa de amor y provisión divina. Nos recuerdan que, aunque las circunstancias de la vida puedan ser inciertas y desafiantes, podemos confiar en la bondad y la generosidad de Dios.
La exhortación a no temer es un llamado a soltar nuestras ansiedades y preocupaciones. En una época en la que muchas cosas parecen fuera de control, esta invitación nos recuerda que Dios está con nosotros. Él se preocupa por nosotros, y su deseo es que vivamos en libertad y alegría, sin ser atrapados por el miedo, la angustia, la zozobra. La imagen de “pequeño rebaño” es tierna; nos muestra que, aunque podamos sentirnos vulnerables, somos parte de una familia, la familia de Dios. El Reino de Dios, que se nos ha prometido, no es algo que debemos ganar con esfuerzos humanos; es un regalo divino.
Jesús continúa instruyéndonos sobre la importancia de reflexionar en nuestros bienes "mundanos" versus los eternos, los que permanecen. Nos invita a despojarnos de nuestros apegos y hacer de nuestra vida una donación. Esto no significa que debamos dejar las cosas, sino mas bien ubicar el sentido de estas, y practicar la generosidad. Al desprendernos de nuestras “posesiones”, nos liberamos de la avaricia y el apego superficial, dos obstáculos que pueden alejarnos de la verdadera caridad y servicio.
Cuando compartimos (el tiempo, la cercanía, la oración, algún bien), hacemos evidente nuestra confianza en Dios, quien proveerá lo que realmente necesitamos. La seguridad no proviene de nuestras riquezas, sino de nuestra fe en Él y en su cercanía para con nosotros.
Más adelante, Jesús habla de la parábola de los siervos fieles, que están llamados a estar preparados para la llegada del señor. Este llamado a la vigilancia es fundamental. Ser fieles en las pequeñas cosas es lo que nos prepara para asumir mayores responsabilidades en el Reino de Dios. Preguntémonos: ¿cómo estamos viviendo nuestra vida en este momento? ¿Estamos actuando como hijos fieles, haciendo lo que se espera de nosotros cada día, en cada relación, en cada responsabilidad? ¿los demás nos ven así?
El Señor nos llama a ser conscientes de nuestra misión, a vivir en coherencia con nuestra fe. No se trata solo de esperar su llegada, sino de actuar en su nombre, ser sus manos y pies en el mundo. Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en la construcción de su Reino, y esto implica un compromiso serio con la justicia, la paz la generosidad y la misericordia. Además, la responsabilidad que se nos confiere también aumenta con el conocimiento que tenemos, porque al que mas se le ha dado, más se le exigirá. Aquél que recibe mucho, de él se espera mucho. Por eso, nos tenemos que preguntar: ¿Estamos cumpliendo con lo que hemos recibido de Dios? ¿Estamos dando frutos en nuestra vida espiritual y en nuestras acciones cotidianas?
Hoy la Palabra nos invita a vivir con confianza, a estar atentos y dispuestos a servir. Recordemos que no estamos solos en este caminar; tenemos un Padre. Abracemos la generosidad en nuestras acciones y la fidelidad en nuestro servicio. Que, al final de nuestros días, podamos escuchar de Él: “Bien hecho, buen hijo; entra en el gozo de tu Señor”.

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