Dom. XV del T.O. Soy prójimo
El Evangelio de este domingo nos presenta la esencia de la vida cristiana: el amor. Un escriba pone a prueba a Jesús preguntando ¿qué hacer para heredar la vida eterna? él le contesta: «Haz esto y vivirás», y luego «Ve y haz lo mismo». Anticipadamente, podemos preguntarnos también ¿qué debemos «hacer»? una cosa: amar, porque la vida es amor.
Ante la insistencia de su interlocutor, Jesús responde con una contrapregunta: «¿qué está escrito en la ley?» y añade: «¿qué lees?». Como diciendo: no basta con leer la Sagrada Escritura, ¡también hay que comprenderla! El escriba, citando Dt 6,5, responde correctamente: debemos amar a Dios con todo nuestro ser y al prójimo como a nosotros mismos. Este maestro de la Ley descubrió que el principio de todo es el amor, no un frío código de leyes que respetar. Somos creados a imagen de Dios y es el amor lo que nos asemeja a Él.
Sin embargo, este escriba, buscando justificarse, pregunta: "¿y quién es mi prójimo?". En tiempos de Jesús, esta era una pregunta seria; existían dos corrientes de pensamiento: una rigorista, para quien el prójimo era solo alguien perteneciente al propio clan o tribu; y luego estaba la más permisiva, que veía al prójimo también en el extranjero residente en Israel. Jesús amplía aún más los horizontes y propone como modelo a un samaritano, considerado por los judíos un hereje, un extraviado, alguien con quien no se debe tener nada que ver. Y no solo eso, básicamente, Jesús trastoca el concepto de prójimo: el problema no es quién es mi prójimo (como si dijera que cualquier persona sin distinción puede serlo), sino: ¿de quién te haces prójimo? Como escribió Kierkegaard: «Cristo no habla de conocer al prójimo, sino de hacerse prójimo: [...] el samaritano no demostró que el apaleado fuera su prójimo, sino que él era el prójimo del desdichado». Como si dijera: nuestro prójimo es algo que me concierne; no es una definición, sino una acción; no es una cualidad, sino una responsabilidad hacia el otro; no es una categoría, sino un rostro, una persona, el del hombre o la mujer a quien me acerco. Nuestro prójimo no existe. Nos convertimos en prójimos. Nuestro prójimo no es alguien que ya tenga afinidad sanguínea, racial, profesional o psicológica conmigo. Yo mismo me convierto en prójimo en el acto en que, frente a un hombre, incluso frente a un extraño y un enemigo, decido dar un paso que me acerca. Por eso, san Agustín escribió: «No te preguntes: ¿quién es mi prójimo? Te corresponde a ti hacerte prójimo de los necesitados». En un examen de conciencia que pudiéramos hacer, sería bueno preguntarnos: ¿de quién me he hecho prójimo?
¿Cómo ser prójimo? El Evangelio, en respuesta, nos ofrece una serie de verbos que puntualizan las acciones del samaritano: «Pero un samaritano, que iba de camino, se acercó a él; y al verlo, tuvo compasión. Se acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino; luego, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: «Cuídalo; lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso». Pasar, ver, tener compasión, detenerse, acercarse, vendar, cargar, cuidar, dar... esta es la explicación de «prójimo». Verbos que hablan de un corazón que late, de ojos que ven el sufrimiento, de pasos que se acercan y no siguen adelante, de manos que curan, que acarician, que se gastan.
Que el Señor nos ayude a encarnar este ejemplo; de "ir y hacer lo mismo", asemejándonos al Padre mediante la práctica de un amor similar al suyo. Sabiendo que Jesús, quien es ante todo nuestro Buen Samaritano, nunca deja de apoyarnos con su amor.

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