Dom V de Pascua. Gloria y Amor
El Evangelio de hoy nos invita a tener en cuenta, entre otras, dos palabras importantes: gloria y amor.
La primera palabra es gloria. comienza cuando Judas abandona el cenáculo; Jesús sabe bien que va a llevar a cabo su plan de traición. Precisamente en este contexto, mientras su vida está amenazada, ¡Jesús habla de gloria! ¿Qué significa? La gloria en el mundo judío indica el valor de algo. Jesús entrelaza el tema de la gloria con su pasión, muerte y resurrección.
En primer lugar, dice que ahora mismo, en su pasión y muerte, se revelará su gloria, lo que vale. Es precisamente en la cruz donde se desarrolla el amor gratuito, ilimitado y eterno del Señor por nosotros. Allí mismo, en el momento en el que todos nos hubiéramos dado por vencidos, Él se entrega hasta el final. En segundo lugar, Jesús se refiere a la resurrección; en ella veremos su gloria, su esplendor, y la misma resurrección confirmará y sellará el inmenso valor de su pasión y muerte sufrida por amor a la humanidad.
Todo esto parece sugerirnos una profunda diferencia entre la vanagloria y la verdadera gloria. La vanagloria es envanecerse, darse aires; también podríamos ampliar el concepto a esa “gloria” que buscamos en los éxitos, en las capacidades humanas, en destacar. Es llamada “vana” porque está inmersa en la realidad temporal. La auténtica gloria pertenece a quien ama, a quién sabe dar la vida, a quien sabe comprometerse. Reconocemos la gloria de un padre, de un joven, de un sacerdote, de una mujer consagrada, de una esposa, de un creyente... no en los títulos sino en el amor, en la capacidad de gastarse, de sacrificarse, de ser fiel en las cosas pequeñas como en las grandes con la mirada puesta en Dios.
La segunda palabra que del Evangelio es amor, en griego ágape. Es un término que Juan prefiere para indicar ante todo el amor de Dios, ese don total, gratuito, sin peros ni condiciones, ese amor “loco”, inmerecido y apasionado que Dios tiene por nosotros. Es un amor que, una vez acogido, por su propia naturaleza pide ser correspondido y entregado. En este pasaje Jesús entrega su «testamento»: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo los he amado, ámense también los unos a los otros". Todo parte de ese «como yo los he amado», que algunos prefieren traducir como «porque los he amado».
El amor del Señor es el origen y la forma del amor que estamos llamados a acoger y encarnar. Y no es un amor condicional ni a tiempo parcial. No, Jesús mismo nos dijo que se trata de dar la vida, no sólo por algunos, sino por todos, incluso aquellos que lo abandonaron y lo crucificaron. ¡Basta pensar que Jesús también llamó a Judas «amigo» en la hora de la traición en Getsemaní! En este mandamiento Jesús pide que la caridad concreta reine y sea visible en su comunidad; ¡Sí, el sueño de Dios es que su amor circule entre su pueblo, entre nosotros los creyentes, para que nuestra alegría sea plena y muchos se sientan atraídos hacia Él!
Y continúa diciendo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros". Lo que muestra verdaderamente que somos sus discípulos es el hecho de que nos amamos. Ver comunidades cristianas donde la gente se ama, ver comunidades religiosas donde la gente se ama, ver presbiterios que aman a la gente, ver familias cristianas donde la gente se ama, es la primera y más grande forma de evangelización.
¡El Evangelio no se difunde por coerción sino por atracción!

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