DOMINGO DE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN - Tres experiencias de fe ante el sepulcro vacío
Hoy es un día de fiesta para todos los cristianos, porque celebramos la resurrección de Jesús.
En la primera lectura, la palabra de Dios nos invita a ser testigos de la resurrección, como Pedro lo fue de Cristo resucitado en casa de Cornelio.
¿Quién es el testigo de la resurrección de Jesús hoy?
Es la persona que sabe vivir lo que celebró en su bautismo.
El bautismo es el descubrimiento y la elección de dejar que el don gratuito del Espíritu Santo, ya derramado en nuestros corazones por Jesús muerto y resucitado, actúe para la redención de nuestra realidad de pecadores sumidos en el egoísmo humano.
La experiencia de la vida cristiana del apóstol Pablo es iluminadora. En sus cartas a los Gálatas y a los Romanos nos presenta la continua lucha interior que estamos llamados a afrontar entre una vida según la carne y una vida según el Espíritu. Con el don del Espíritu Santo, estamos llamados a testimoniar al mundo el amor gratuito de Dios, a través de los frutos y dones:
«Al acoger el vacío de nuestra pobreza, permitimos que el fruto del Espíritu Santo obre en nosotros, y de este modo nuestras relaciones serán un testimonio luminoso de «amor, alegría, paz, paciencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio» Gal 5, 23).
Confiando en la fuerza de nuestro ser "uno en Cristo Jesús" gracias a los sacramentos, dejamos que los dones del Espíritu Santo actúen en nosotros y así nuestras acciones son guiadas por «la sabiduría y la inteligencia, el consejo y la fuerza, el conocimiento, la piedad y el temor del Señor» (Is 11,2).
De esta manera podemos experimentar y testimoniar lo que la palabra de Dios nos propone, a través del apóstol Pablo: si realmente dejamos que el Espíritu Santo obre en nosotros, estamos viviendo la experiencia de ser resucitados en Cristo. Con la ayuda del Espíritu Santo, nos esforzamos por alcanzar las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, decididos a dedicar nuestras fuerzas y energías a aspirar las cosas celestiales, no las terrenales. Porque hemos elegido dominar nuestros instintos egoístas y dejar que «nuestra vida esté escondida con Cristo en Dios Padre» Col 3,1-3
Tres experiencias de fe ante el sepulcro vacío
El Evangelio en este día nos dice que cada uno de nosotros puede ser testigo de Jesús Resucitado de un modo diferente.
Ser testigos y discípulos misioneros es una experiencia de aprendizaje en constante evolución. La señal de la resurrección es el sepulcro vacío. Frente al sepulcro encontramos tres personas. María Magdalena, Pedro, y el discípulo amado.
Cada una de ellas nos ayuda a reflexionar sobre nuestra propia creencia en la resurrección de Cristo.
La primera es María Magdalena.
Ella vio el sepulcro vacío y pensó que alguien había tomado o robado el cuerpo de Jesús. María Magdalena representa a todas las personas que conocen a Jesús, aman a Jesús, pero aún no han entendido lo que significa que Jesús realmente haya resucitado. Ella, como las demás mujeres y los apóstoles, sabía que Jesús había hablado de la resurrección, pero estaba influenciada por sentimientos de afecto y de gratitud humana y no pudo evitar pensar en un ladrón que había profanado la tumba de su maestro y amigo Jesús.
La segunda persona es Pedro.
Pedro corrió con el discípulo a quien Jesús amaba. Pero no tenía fuerzas. Él llegó después del otro.
Pedro representa a todas las personas que conocen a Jesús, aman a Jesús, pero en muchas ocasiones niegan a su maestro y no tienen el coraje de ser discípulos cuando dar testimonio a favor de Jesucristo cuesta persecución, burlas y hasta el riesgo de muerte. Había negado a su Maestro tres veces. Así que corrió sin fuerzas, porque sentía todo el peso de su infidelidad.
También nosotros podemos ser como Pedro; en muchas situaciones de nuestra vida no nos comportamos como discípulos de Jesús, prefiriendo negar sus enseñanzas por miedo a ir contra la mentalidad mundana, materialista y hedonista de nuestra sociedad. Reconocemos a menudo nuestros pecados, pero nos cuesta vivir la experiencia liberadora de la reconciliación con Cristo y seguimos caminando como discípulos, arrastrándonos con el peso de la conciencia de nuestra infidelidad a la voluntad del Padre.
Gracias a Dios, el Pedro del Evangelio de la pasión, es diferente del Pedro testigo de Cristo resucitado en la casa de Cornelio. Se había reconciliado con Cristo resucitado. Jesús, al encontrarlo, le preguntó tres veces si lo amaba más que a los demás. Pedro renovó su amor radical por Jesús y se sintió liberado del peso de su triple negación.
El tercero es el discípulo a quien Jesús amaba.
Tuvo fuerza para correr y fue el primero en llegar al sepulcro.
El Evangelio nos dice: «Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro. «Vio y creyó» (Jn 20,9).
Que este tiempo Pascual y nuestra fidelidad a la escucha de la Palabra del Señor sean un tiempo propicio para identificarnos cada vez más con el discípulo amado, sin miedo a dejarnos guiar por el Espíritu Santo en la búsqueda de las cosas de arriba, dejando atrás las cosas terrenas.

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