Dom. I de Cuaresma. Ciclo C. Vamos al corazón del problema

 


En este primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos invita a todos a vivir un tiempo de desierto. Es un llamado que recuerda con fuerza: «¡Regresa a su corazón! ¿A dónde quieres ir? Regresa de lo que te ha sacado del camino; vuelve al Señor. Él está listo...». El corazón es nuestra parte más profunda, donde cada uno vive su ser persona, en relación con Dios, con los otros hombres y con toda la creación. A menudo decimos "Vamos al corazón del problema", como decir: vamos al origen, a ese esencial del que depende la explicación de todas las demás partes del problema. Es sobre el corazón que se hace el juicio de cada persona, sobre lo que lleva dentro de sí misma y que es la fuente de su bondad o de su maldad, por lo que se conoce a esa persona por lo que realmente es y vale.

Los evangelios nos hablan de tres tentaciones: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan»; «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo»; «Todas estas cosas te las daré, si, postrándote, me adoras». Tienen un propósito único y común y están dirigidas a todos nosotros: ¡alejarnos de la misión que Dios nos ha confiado, hacernos olvidar la meta final! Estamos llamados a no tener miedo del mal y de sus tentaciones, porque lo más importante no es que el mal exista, sino que Cristo ha vencido al mal. «Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos daño, si nosotros mismos no lo queremos. Satanás, decía un antiguo padre de la Iglesia, después de la venida de Cristo, es como un perro atado en el corral: puede ladrar y abalanzarse todo lo que quiera; pero, si no somos nosotros los que nos acercamos a él, no puede morder. ¡Jesús en el desierto se ha liberado de Satanás para liberarnos de Satanás!» (R. Cantalamessa).

Además, no siempre culpamos al tentador por el mal que hay en nosotros y a nuestro alrededor, porque a menudo "¡somos demonios para nosotros mismos!". ¿Quién es el que nos lleva a romper los lazos con las personas que amamos por tontadas o por bienes materiales? ¿Quién es el que nos lleva a odiar, a no perdonar, a hablar mal de los demás, a no abrirnos al amor y a la solidaridad? ¿No hay en todo esto un cierre de nuestro corazón que impida que la gracia de Dios funcione en nuestra vida?

Es bueno recordar que el fin de dejarnos guiar por el Espíritu Santo en el desierto de nuestra vida no es solo dejar algo (el ruido, lo material, las ocupaciones) para no dejarnos tentar, ¡No!, vamos al desierto para encontrarnos con Jesús, ¡para que Él sane nuestro corazón! Ir al desierto es entrar en contacto con Dios y su verdad. Este es el sentido de la felicidad. ¿Qué más desea un amante que estar solo, en intimidad, con la persona amada? Dios está enamorado de nosotros y desea que nos enamoremos de él. Hablando de su pueblo como de una esposa, Dios dice: "La llevaré al desierto y hablaré a su corazón" (Os 2, 16). Se sabe cuál es el efecto del enamoramiento: todas las cosas y todas las demás personas retroceden, se colocan como en el fondo. Hay una presencia que llena todo y hace que todo lo demás sea "secundario". No aísla de los demás, lo que de hecho hace es que sea aún más atento y disponible para los demás, espejo de auténtico amor. Jesús nos espera en el desierto: No esperemos para este santo encuentro.


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