Dom V del T.O. Los orígenes
El Evangelio de este domingo nos ofrece un momento significativo en la vida de Pedro: su encuentro con Jesús. Estamos al inicio de su llamada, al inicio de su seguimiento. Siempre es hermoso volver a los orígenes y recordar los momentos en los que Cristo nos conquistó con su amor; ayuda a refrescar el alma, a reavivar un sano entusiasmo, a veces apagado por el tiempo, por el cansancio… incluso en una relación, en un matrimonio, en una amistad significativa es bueno pensar en los orígenes, en los momentos iniciales; son bellos recuerdos capaces de reavivar nuestras fuerzas y ayudarnos a reorientar nuestros pasos en la dirección correcta, si la hemos perdido.
Volviendo al Evangelio, podemos suponer que Pedro ya sabía quién era Jesús, quizá ya lo había escuchado. Pero Jesús esta vez entra más concretamente en su vida, en su barca, la cual utiliza para hablarle a la gente.
Es interesante notar que Jesús entra en escena en un momento de crisis de los pescadores. Pedro y los otros estaban remendando sus redes: no habían pescado nada ese día. Llega en la dificultad para ayudar como sólo Él puede hacerlo. Ese momento de crisis resultará ser el momento decisivo, el tiempo de la mayor gracia para Pedro. Reiterémoslo: no es el momento del éxito sino el de la crisis. Conviene recordar que todo comenzó con una crisis y todo volverá a recomenzar de una crisis: después de la muerte de Jesús, Pedro volverá a pescar, pero de nuevo no conseguirá nada. Es Jesús resucitado quien saldrá a su encuentro repitiéndole: «Echad vuestras redes a la derecha». Y cuando le obedecen, la barca se llena de grandes peces.
¿Qué son los tiempos de crisis, de vacío, de fracaso? El Evangelio nos propone: ¡los tiempos de la posible irrupción de Dios! Jesús entra y pide a Pedro un enorme acto de confianza. Nos pide que nos fiemos de Él para remar mar adentro y echar las redes en la orilla opuesta a donde solemos echarlas, y además, no de noche sino de día. Pedro confía. Estar con Jesús, haber escuchado sus palabras, le debe haber hecho percibir que en Él «hay más». Así que se fía, echa las redes en su palabra y logra una pesca superabundante, imposible durante el día. Es admirable: Jesús no señala a Pedro con el dedo, no subraya su fracaso, simplemente le pide confianza.
A menudo nos encerramos en nosotros mismos, sintiendo lástima propia, culpándonos por lo que no salió bien... Demasiado a menudo permanecemos inmóviles en nuestros fracasos, hipnotizados por el vacío. El Evangelio de hoy parece decirnos: no perdáis el tiempo con el vacío, no busquéis culpables, no os estanquéis en la crisis, más bien dejaros encontrar en la crisis. ¡Dejad que Cristo os devuelva a lo concreto de la vida y comenzad de nuevo desde su Palabra, remando mar adentro! Aquí reside la grandeza y la fuerza de la fe: una confianza real en Jesús y en su Palabra a la que podemos dejar que lo extraordinario de Dios actúe en nuestra vida ordinaria, dando sentido y plenitud.
Pedro, al ver la pesca milagrosa, comprende que está en presencia de Dios. Sólo Dios podía hacer algo así; por eso Pedro cae de rodillas ante Jesús, cosa que un judío hace sólo ante el Creador. Por eso llama a Jesús “Señor”, que es el nombre de Dios en la Biblia griega. Y por eso, sobre todo en este encuentro, le queda claro quién es él mismo: un ser humano que vive lejos de Dios, en la injusticia, en el pecado. En el encuentro con el poder de Dios, Pedro vuelve a sí mismo en un sano conocimiento de sí mismo. Experimenta que no es grande sino pequeño. Experimenta que... en Jesús se encuentra con Aquel que llena y transforma la existencia.
He aquí las características de la experiencia de Dios: delante de su grandeza nos sentimos pequeños, pobres, pecadores, pero no aplastados sino amados.
Pidamos al Señor que nos ayude a valorar nuestros momentos difíciles, dejándonos encontrar por Él, haciendo lo mejor que podemos para seguir su Palabra. ¡Vale la pena!

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