DOM VII DE PASCUA - SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR - Testigos en el día a día
La celebración de la Ascensión puede dar lugar, a veces, a una interpretación equivocada. Podría parecer que celebramos que Jesús se marcha, que se aleja de los suyos y que deja a los discípulos solos en el mundo. Pero en realidad ocurre justamente lo contrario.
La Ascensión no habla de ausencia, sino de una nueva presencia. No es el final de algo, sino el comienzo de una misión. Jesús vuelve al Padre, pero no abandona a los discípulos. De hecho, el Evangelio tiene más fuerza en el envío que en la despedida. Cristo resucitado reúne a los suyos y les confía una tarea inmensa: “Id y haced discípulos.” Y ahí aparece la primera gran palabra de este domingo: MISIÓN.
La fe cristiana nunca puede quedarse encerrada en uno mismo. El encuentro con Cristo siempre empuja a salir, a compartir, a anunciar, a acompañar. Porque cuando alguien descubre de verdad el Evangelio, comprende que no puede guardarlo solo para sí. Y esto es importante entenderlo bien. La misión no es solo cosa de sacerdotes, religiosos o misioneros en lugares lejanos. La misión empieza en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos, en la forma en que tratamos a los demás. Cada cristiano tiene una misión allí donde vive.
Podemos pensar que anunciar el Evangelio significa hablar mucho de Dios, pero muchas veces la primera evangelización comienza con la manera de vivir. Hay personas que quizá nunca leerán el Evangelio… pero sí leerán nuestra vida. Y esta evidencia da paso a la segunda palabra clave: TESTIGOS. Jesús no necesita simplemente personas que sepan cosas sobre Él, necesita testigos; y un testigo es alguien que transmite con su vida aquello que ha experimentado.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, refleja muy bien este momento. Los discípulos se quedan mirando al cielo mientras Jesús asciende. Y entonces aparecen los ángeles que les dicen: “¿Qué hacéis ahí parados mirando al cielo?” Es como si les dijeran: ahora os toca caminar, ahora os toca continuar la obra de Jesús,
ahora os toca ser testigos. Porque la fe no es quedarse quietos mirando al cielo, sino hacer presente el amor de Dios en medio de la vida.
Y san Pablo, en la segunda lectura, pide para la comunidad algo muy hermoso: que tengan un corazón iluminado para comprender la esperanza a la que han sido llamados. Qué falta hace hoy esa esperanza. Vivimos tiempos en los que muchas personas están cansadas, desanimadas, heridas, sin ilusión. Y precisamente por eso hacen falta cristianos que sean testigos de esperanza. No personas perfectas. No personas que lo tienen todo resuelto. Sino personas que, incluso con dificultades, viven sostenidas por algo más grande.
Recuerdo en el hospital a una mujer que acompañaba cada día a su marido enfermo. Llevaban mucho tiempo así. Era una situación dura, agotadora. Y sin embargo, ella seguía allí, con paciencia, con cariño, con una serenidad que impresionaba.
Un día alguien le preguntó: “¿Cómo puedes seguir así?” Y ella respondió algo muy sencillo:“Porque sé que no estoy sola.” Aquella respuesta me hizo pensar mucho. Porque aquella mujer quizá no daba discursos sobre Dios, pero estaba mostrando a Dios con su manera de amar. Era testigo. Y eso es lo que necesita el mundo de hoy: personas que acompañen, personas que sostengan, personas que transmitan paz, personas que hagan visible la esperanza.
La Ascensión nos recuerda que Cristo sigue actuando en el mundo a través de nosotros. Por eso esta fiesta no es para quedarnos mirando al cielo con nostalgia. Es para preguntarnos: ¿qué estoy haciendo yo con la fe que he recibido? ¿qué testimonio doy en mi vida cotidiana? ¿ayudo a otros a acercarse a Dios… o los alejo con mi manera de vivir?
Y el Evangelio termina con una promesa preciosa, que sostiene toda nuestra misión: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” No caminamos solos, ni anunciamos el Evangelio solos; no sostenemos la vida solo con nuestras fuerzas. Cristo resucitado sigue presente, acompañando y sosteniendo a su Iglesia.
El Señor nos recuerda que todos tenemos una misión. Y que esa misión empieza siendo testigos en lo sencillo de cada día. Testigos de esperanza en medio del desánimo. Testigos de reconciliación en medio de tanta división. Testigos de cercanía en un mundo donde muchas personas se sienten solas. Testigos de una fe vivida con sencillez y verdad.
Que el Señor nos conceda un corazón disponible para la misión y una vida que haga visible su presencia. Porque quizá muchas personas solo descubrirán a Cristo a través de nuestro testimonio.

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