DOM VI DE PASCUA No estamos solos: la promesa del Espíritu sostiene nuestra vida

 

   Hay palabras que sostienen la vida. Palabras que, cuando son verdaderas, se convierten en apoyo en los momentos difíciles. Y una de esas palabras es PROMETER.Todos sabemos lo que significa prometer algo… y también sabemos que no todas las promesas se cumplen. Por eso, cuando alguien promete, lo importante no es solo la promesa en sí, sino quién la hace.

  Hoy Jesús nos hace una promesa. No una promesa cualquiera, sino una promesa que cambia la vida:“Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, para que esté siempre con vosotros.” Es decir: no os voy a dejar solos.

  Continuamos en el discurso de despedida, como el domingo pasado. Jesús habla a sus discípulos; ellos están inquietos, no entienden del todo lo que viene. Y en lugar de dar explicaciones complicadas, les hace una promesa: el Espíritu Santo estará con ellos. Una presencia viva, cercana, constante.

  Antes de profundizar más, veamos cómo esta misma idea recorre también las  lecturas que escuchamos.

   En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos presentan a la comunidad de Samaría que acoge la fe. Los apóstoles imponen las manos y reciben el Espíritu Santo. Es un momento muy significativo: la promesa comienza a cumplirse en la Iglesia naciente; así el Espíritu no es teoría, es experiencia.

  El salmo nos invita a reconocer las obras de Dios en la historia, a no olvidar lo que Él hace en medio de su pueblo. Y la segunda lectura, de la primera carta de Pedro, nos habla de vivir con una conciencia limpia, dando razón de nuestra esperanza, incluso en medio de dificultades. Es decir, una vida sostenida por algo más profundo… por la presencia de Dios en nosotros. Todo converge en lo mismo: Dios no abandona, Dios cumple su promesa.

  Y volvemos al Evangelio. Jesús habla del Espíritu como el “Paráclito”, el consolador, el defensor, el que acompaña, no de una idea abstracta. Es Dios actuando dentro de nosotrosY añade algo muy importante: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos.” Es decir, la fe no es solo sentir o pensar, se concreta en la vida. Y es precisamente ahí, en lo cotidiano, donde el Espíritu se hace presente.

  Esta promesa no fue solo para los apóstoles. Es para nosotros hoy. Porque también vivimos momentos de soledad, de duda, de cansancio. Momentos en los que parece que todo depende de nuestras fuerzas. Y ahí es donde necesitamos recordar: no estamos solos, El Espíritu Santo actúa. Quizá no de manera espectacular, pero sí real. A veces esperamos signos grandes… y no vemos los pequeños.

  En el hospital, Estuvo una familia que llevó días acompañando a un enfermo en una situación complicada. Hubo cansancio, preocupación… pero también algo que impresionaba: cómo se sostenían unos a otros, cómo se apoyaban cómo seguían adelante. Uno de ellos le dijo al capellán: “No sabemos de dónde sacamos fuerzas… pero seguimos.” Ahí hay un signo del Espíritu. Esa fuerza que no es solo humana.

  En otra ocasión, una persona que había vivido una situación muy dura de conflicto y resentimiento, fue capaz, con el tiempo, de perdonar. Algo que parecía imposible Decía: “Yo solo no habría podido.” Ahí está el Espíritu. Donde hay perdón, donde hay amor que vence, donde hay reconciliación.

  Y tantas veces vemos personas con una paz profunda en medio del sufrimiento. No porque no duela… sino porque hay algo dentro que sostiene. Eso también es el Espíritu.

  Quizá hoy necesitamos preguntarnos con sinceridad: ¿creo de verdad en la promesa del Espíritu? ¿cuento con el Espíritu Santo en mi vida… o vivo como si todo dependiera solo de mí?

  Porque a veces reducimos la fe a esfuerzo personal… y olvidamos que lo esencial es don. El Espíritu no sustituye nuestra vida… pero la llena, la sostiene, la guía.

   Por eso, el compromiso puede ser sencillo: invocar al Espíritu cada día, aunque sea brevemente; estar atentos a sus signos en lo cotidiano; dejarnos guiar más por Él y menos por nuestros impulsos. Porque Jesús ha cumplido su palabra:no estamos solos.

  Que el Señor nos conceda vivir con confianza en esta promesa, reconocer la presencia del Espíritu en nuestra vida y dejarnos transformar por Él.


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